…a ser, a vivir, a reinventarte, a seguir…

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Sobre Rosas y Margaritas

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El jardín del sultán, antes exuberante y suntuoso, estaba agonizando. En los árboles se secaban las hojas en plena primavera, en los arbustos se marchitaban los capullos antes de abrirse y las flores estaban mustias o caídas por el suelo.

El desconcertado sultán preguntó a la encina que era lo que sucedía, y ésta le contestó que se estaba muriendo porque no podía producir uvas. Cuando le preguntó a la cepa de la vid, ésta sacudió tristemente sus sarmientos sin hojas y le dijo que tenía que morir porque no podía crecer hasta alcanzar la altura de un ciprés. Y el ciprés estaba agonizando porque no podía florecer y tener el aroma de una rosa; la rosa, sin embargo, no quería vivir más porque no podía tener el aspecto del loto.

En el fondo del jardín el sultán encontró una pequeña flor que no se había marchitado y que se mecía al compás del viento, hermosamente viva: era una margarita.

“Cómo es que tu eres la única flor que florece?”, le preguntó el Sultán a la margarita.

“Porque pienso que si tú hubieras querido una encina, una cepa de vid, un ciprés, una rosa o un loto en mi lugar los hubieses plantado. Pero como me has plantado a mí y de todas formas no puedo ser otra cosa que lo que soy, deseo ser simplemente una margarita”.

La mayoría de las personas creen que si tuvieran esta o aquella cualidad, si fuesen más inteligentes, atractivas, delgadas, o más ricas sería sencillo disfrutar de una vida plena. Pero nadie puede ser otra cosa distinta de lo que es. La pregunta correcta no es “¿qué quiero ser?”, sino “¿qué puedo ser?”.

Tú eres como eres, porque la existencia necesita que seas de esa manera y no de otra. Si no hubiera creado algo diferente en tu lugar.Si Dios o el universo hubieran querido nada más que Claudias Schiffer habría creado un sinfín de ellas. Si Dios hubiera querido sobre esta Tierra únicamente Ghandis, no habría tenido ningún problema. Si Dios hubiera querido sólo Budas iluminados, ¿quién se lo hubiera impedido? Sin embargo, te ha creado a ti. A ti, con todas tus debilidades e imperfecciones.

Nadie puede ser otra persona. Solamente puedes hacer florecer tu propio ser; o marchitarte, si es que lo rechazas o luchas en su contra. ¡Eres perfecto tal como eres! Y para cada ser humano se aplica lo mismo. Cada uno forma parte de un gran puzzle que estaría incompleto sin él y sin su esencia tal como es. Tú eres como eres, porque eres una pieza que encaja exactamente con las demás piezas del gran puzzle. A la existencia no le hace falta un segundo Buda o un nuevo Jesús; éstos ya han cumplido con lo que debían hacer. La existencia quería personas como tú y como yo, con nuestra «imperfecta» perfección.

Muchas de nuestras valoraciones sobre nosotros mismos y sobre los demás se desarrollan de forma tan automática que ni nos damos cuenta del daño que podemos hacerles. Sin pensarlo, sin ser conscientes, les arrojamos frases hirientes como dardos a nuestros hijos, nuestra pareja o nuestros amigos, sin advertir lo que éstas pueden provocar en ellos. Juzgamos su conducta y su aspecto, y después nos asombramos si nos sentimos mal. Puede que lo hagamos con la mejor de las intenciones, pero las consecuencias pueden ser desastrosas, aunque no queramos que sufran daño alguno.
Un buen ejercicio para contrarrestar esta tendencia destructiva consiste en considerar primero si lo que vamos a decir refuerza o debilita. Lo que estás pensando o haciendo justamente ahora, ¿te refuerza o te debilita?

La próxima vez, antes de decirle a tu hijo que con las notas que tiene no se va a comer ni una rosca en la vida, razona: ¿lo refuerzas o lo debilitas con esta frase? La próxima vez que te encuentres ante un reto observa tus pensamientos y sentimientos, y pregúntate: “¿Me dan fuerza estos pensamientos y sentimientos, o me debilitan?”.

¿Tienes de vez en cuando el impulso de cantarle las cuarenta a tu pareja, a tu amigo o a tu superior? Entonces medita primero: ¿Se refuerza o se debilita al otro, o tú, con lo que vas a decir? ¿Consigues con ello lo que pretendes, o más bien lo contrario?

Venimos de lo desconocido y a lo desconocido volvemos. En el interludio, cada copo de nieve cae exactamente en el lugar donde debe caer

 

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¿Bueno? ¿Malo? ¡Quién sabe!

Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una pequeña aldea en las montañas. Su único medio de subsistencia era el caballo que poseían, el cual alquilaban a los campesinos para roturar las tierras.

Todos los días, el hijo llevaba al caballo a las montañas para pastar. Un día, volvió sin el caballo y le dijo a su padre que lo había perdido. Esto significaba la ruina para los dos. Al enterarse de la noticia, los vecinos acudieron a su padre, y le dijeron: «Vecino, ¡qué mala suerte!» El hombre respondió: «Buena suerte, mala suerte, ¡quién sabe!».

Al cabo de unos días, el caballo regresó de la montaña, trayendo consigo muchos caballos salvajes que se le habían unido. Era una verdadera fortuna. Los vecinos, maravilla­dos, felicitaron al hombre: «Vecino, ¡qué buena suerte!». Sin inmutarse, les respon­dió: «Buena suerte, mala suerte, ¡quién sabe!»

Un día que el hijo intentaba domar a los caballos, uno le arrojó al suelo, partiéndose una pierna al caer. «¡Qué mala suerte, vecino!», le dijeron a su padre. «Buena suerte, mala suerte, ¡quién sabe!», volvió a ser su respuesta.

Una mañana aparecieron unos soldados en la aldea, reclutan­do a los hombres jóvenes para una guerra que había en el país. Se llevaron a todos los muchachos, excepto a su hijo, incapacita­do por su pierna rota. Vinieron otra vez los aldeanos, diciendo: «Vecino, ¡qué buena suerte!». «Buena suerte, mala suerte, ¡quién sabe!», contestó.

Dicen que esta historia continúa, siempre de la misma manera, y que nunca tendrá un final.

 

Es cierto que muchas veces la apariencia que tienen las cosas es un buen indicador de lo que realmente son, pero otras veces las cosas que parecen contratiempos pueden terminar siendo bendiciones y viceversa. A ciencia cierta no lo sabemos porque afortunadamente no tenemos el control sobre lo que sucederá; además las cosas son relativas y lo que puede ser bueno en un momento puede ser dañino en otro, y lo que puede ser positivo para unos, otros lo ven como algo negativo.

Ayer alguien especial me daba su apoyo mientras me decía que no siempre es inteligente intentar las cosas. Esa es una de las cosas que estoy aprendiendo porque siempre he sido una persona de llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias y de intentar las cosas siempre y si es posible, siempre hasta el final. Pero a veces hay que saber cuándo detenerse. Otras hay que saber arriesgar. es difícil tomar decisiones cuando existen tantas incertidumbres. Por ejemplo nunca he intentado lanzarme por un barranco, porque sé que probablemente me voy a matar. Pero no lo he intentado. No lo sé a ciencia cierta. Hay momentos en los que no es tan sencillo saber qué hacer ante una situación determinada. especialmente cuando se te está cumpliendo un deseo que creías anhelar.

Yo sólo me puedo sentir agradecida y pedirle al Universo que permita que todo sea para bien. La vida da muchas vueltas y el desarrollo de la misma es completamente impredecible. A veces hay puertas que es mejor dejar abiertas, pero también a veces es necesario cerrar otras puertas, aunque nos cueste, para dar paso a nuevas oportunidades y experiencias, o para mantener el status quo de algo que quizás más adelante -o ahora- nos supondrá un giro positivo en el camino.

No sé lo que me espera el día de mañana, no sé si las decisiones de hoy me supondrán arrepentimientos después, pero tengo la plena confianza de que lo “correcto” es lo que me trae satisfacción en este momento y lo que me hace sentir bien.

¿Mañana mejor? Mejor ahora.

Peticiones de hoy

Hacer encargos al Universo es una práctica que comencé recientemente una vez que descubrí que tengo la fuerza y las posibilidades para realizar mis sueños y abrir paso al “comienzo de una vida en la que se van a cumplir los deseos tan pronto como sean pensados.”

Hoy me disponía a realizar unas gestiones en la oficina de desempleo de mi localidad y en lugar de darle fuerza a lo terrible que me parecía tener que pasarme un par de horas en cola hasta que me atendiesen para luego salir de allí más tarde, probablemente sin si quiera haber resuelto mi problema -como ya me había pasado otras veces-, me dije a mí misma “verás que hoy no encuentras cola, te atienden rápido y solucionas todo“.

Todo comenzó cuando llegué al mero centro de la ciudad y conseguí aparcamiento en primera línea en un lugar en el que a esa hora y en ese lugar, es casi imposible hacerlo. “Bien”, me dije.

Mientras me acercaba a la oficina no avisté la típica cola que suele haber, así que por un momento pensé que que se encontraba cerrada por las festividades de Semana Santa. Finalmente llegué a la puerta y me acomodé justo detrás de la última persona que esperaba al final. En menos de 2 minutos me pasaron a la sala. Sólo esperé 2 minutos más hasta que me atendieron y así, como por arte de magia, se dieron las cosas EXACTAMENTE como yo las había pedido: no encontré cola, me atendieron rápido y solucioné todo.

¿Suerte? ¿Casualidad?

Pídeselo al Universo, que él te lo concederá.

En ocasiones se harán posible cosas que cualquier estadística echaría por tierra.
~Bärbel Mohr
Fuente:
Pídeselo al Universo de Bärbel Mohr
 

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